En esta mañana otoñal, miro el río
que como el tiempo se va infinitamente,
cíclicamente volviendo como una danza serena y tranquila.
Miro al cielo, que sobre el juega a ser
espejo y contraespejo, uno repitiendo la exacta imagen
y color,
otro como un retrato abstracto y desprolijo.
Es el cielo, con sus nubes como olas, un río universal,
el oceano de Whitman en que todos los ríos se vacían.
Son los dos en simétrica belleza enormes rostros enfrentados.
El agua fresca con su vida interior bajo la noble superficie,
otro en su lejana e inmaterial existencia,
que mira con los ojos de los pasados y de un
dios solitario, triste y ameno, que es como tú y como yo,
y quizá seamos todos él.
El río vuelca su agua pacífica invisiblemente,
en ávido vapor que sube ansioso por cargar
ese otro río que espera.
El cielo, río azul, rojizo o negro en la noche y la tormenta,
suspira su agua (o su sangre) sobre los techos, los paraguas,
los campos y el mismo río, mojándolo de su esencia y su cuerpo.
En el río se mira el hombre y así también en el cielo.
En uno se baña hoy, en otro tal vez mañana.
Quizás sean dos caras de una moneda imposiblemente enfrentadas,
repitiéndose, amándose en curiosas parábolas
y metafísico amor y odio, invitándonos
a ser uno con ellos.
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