Quería ser, y quería que en el acto
todo el universo fuera conmigo, en armonía
un todo, una única palabra que
abrace las lunas y los diluvios y
las noches en que los hombres no duermen.
Así que busqué un lugar, un círculo,
un punto al menos en el universo donde
tu nombre todo no lo abarcara,
lo pensé irreal, quise tomarlo en mis manos
y cayó inerte por el espacio que su
irrealidad montaba ante mi mente cansada.
Así que comprendí que ibamos como en trenes,
en trenes enfrentados, en infinitas vías
paralelas, mirándonos, a metros, o a kilómetros,
quizá nos separaran vidas.
El agua fresca nos mojaba, tus cabellos
(pude ver) también se salpicaban
y tus ojos hablaban de la luz y la luna.
Juzgué la luna imposible, soñé noches
sin ella y la soñé como parte de tu piel
y como agua que caía sobre tu cuerpo.
Los vagones son lánguidos y solemnes,
una soledad espantosa los habita, y sus ventanas
solo me dejan ver tu ventana, a uno y otro lado.
Sólo se que dejo atrás paisajes casi idénticos,
con solo diferencias en alguna pincelada,
dejo atrás a la gente, dejo atrás al silencio
calmado del campo y allí también estás tú,
siguiendo el mismo camino, el mismo sentimiento, más nunca
en mi mismo espacio, siempre otro plano
te sujeta el cuerpo.
La noche es larga (la noche es una sola noche,
el sol solo la disimula unas horas), busqué palabras
y melodías que me hicieran hallarme y solo pude ser
un patético espejo de esas letras y esos sonidos,
un leve reflejo son mis versos, de cuánto he oído
y de cuanto he sentido, como toda vida es
- sostienen algunos- reflejos de una vida que ha pasado ya.
Los trenes van y seguirán yendo, cada vez más cerca,
jamás tocándose. Asíntota hermosa que en la lluvia de la
llanura, cuando el agua une los cuerpos todos
nos deja más cerca aunque sean instantes de sueño.