jueves, 25 de diciembre de 2008

n° x

Elegantemente rompiste el silencio,
ese que no nos dejaba hablar, y caímos de nuevo
en las copas y en el misterio,
en el sendero que nos trajo aquí pero ya no quiere
devolvernos enteros, ni siquiera en partes iguales.
Simétricas heridas nos surcan las pieles,
el tiempo y las marcas se parecen,
el odio y la luna también,
en su silencio y soledad.

Hemos venido con sueños entre los pliegues,
con cambios que augurabamos en futuros idílicos
y nutridos de bellas parábolas,
hoy nos vemos con las manos raspadas y casi ya
sin poder mirar a los ojos tristes y taciturnos,
entre las tasas de café y los vinos dulces que
ya no nos dibujan aquellos paraísos frenéticos.

Dirás que no hay nada que se termine,
que no hay un sol que no vuelva a amanecernos
cuando el azul de la noche se encierra en cuartos oscuros,
pero sabemos que no existe un dios tan estoico
ni un cielo tan pálido que pueda dejar de ver
que las flueres mueren y que cada instante, por fugaz, es único
y que cada sol es un sol y que cada noche se lleva consigo
imágenes que jamás volverán a ser.

Hoy me miro y te miro y no encuentro las piezas,
no encuentro las ideas que hacían luz en la gloria nocturna,
no encuentro las palabras ni el deseo, no encuentro el rincón
de mi alma que aún no terminaba de caer al vacío,
solo encuentro estas línes y solo lo que ya no queda.