En sueños he encontrado
los pasajes que me llevan
entre laberíntos de dolor,
entre cuerdas que se tienden, trampas
milenarias y ocultas murallas de miedo
hasta tu canción clara y turbulenta,
hasta tu mansión de ojos de miel y tus
patios de lunas llenas, de sorbos felices
y escenarios grandilocuentes, discursos festivos
de palabras audaces y tímidas, siniestramente
hermosas, aguardientes que esperan
reposando entre tus pieles, hasta quemar
en locuras los rastros de mi existencia
timorata y fugaz, intrascendente y deseosa
de incinerarse en fuegos turbios de tus manos.
Hasta allí he llegado, en sueños vanos
tras romper las redes que me ataban los ojos,
tras hilar despacio las cadenas de
años de fantasía desdichada, he llegado
por mares que más parecían mundos donde
nada era nada y yo no era más que un conjunto
de seres sin nombre, sin rostro ni hogar ni
caminos sinuosos. He llegado y reposado,
tranquilo entre tus ramas, celoso del sol
que tu rostro erguía de orgullo primitivo,
tus líneas en mis manos habían dejado de ser
libres, más sucumbían en roces que solo
dios ha inventado, serenando tus aguas
quietas cuando al fin brillaba un beso.
Recuerdo sueños ajenos, sueños que parecieron
días, sueños de divinos augurios que rompieron con
la lánguida mañana, que se abre paso entre los hombres
con la verguenza de saberse culpable, de haber acabado con
la noche que con su sombre ancestral hace de cada
hueco un beso, de cada luz un sol y de cada cuerpo
un templo.
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